«A» se acercó al Taller, un Programa de Cualificación Profesional Inicial, acompañando a una amiga que quería matricularse. Pero esa primera entrevista le resultó agradable. Tampoco le pareció tan complicado el Plan de Estudios, ni muy exigente el horario. Y al estar viviendo cerca, no tendría que madrugar mucho.

«¿Por qué no probar? Total, estoy sin hacer nada en casa…»

Así que también se matriculó. Con la misma expresión de desaprobación en la cara desde el primer día. Se estaba adaptando bien a las dinámicas del Taller. Obviamente asistir con su amiga del barrio le proporcionaba una mínima zona de confort, aunque no tenía problema en relacionarse con el resto de las y los compañeros de clase. La relación con el profesorado era muy buena y desde los primeros contratos educativos se mostraba afable, iba ganando en confianza, sinceridad, seguridad, compartía su sentido del humor…

Si parece encontrarse tan a gusto y todo marcha bien ¿por qué no desaparecía «ese» gesto?

Los contratos educativos nos permiten acompañar al alumnado en sus procesos de crecimiento y maduración personal. Esto significa enseñar a los y las adolescentes a tomar conciencia de sus propias realidades, sus cuerpos y sus emociones. Enseñarles a identificar aquellas situaciones que les permiten sentirse (bien, regular o mal) en todos sus ámbitos: el personal, el familiar y el social. Y, además, que aprendan estrategias que les permitan gestionar su día a día. En definitiva, que aprendan a vivir.

Tomar conciencia de nosotros y nosotras mismas como personas únicas, es una capacidad que aparece en nuestro primer año de vida y se construye, de manera dinámica, durante el resto de nuestra vida. A diferencia de la identidad sexual, que comienza a desarrollarse alrededor de los cinco años y se establece en torno a los diez.

Adolescencia LGTBIQ+

“La identidad sexual se conforma a una edad muy primeriza. Durante la infancia, la persona se siente de una manera concreta y se ha de respetar. Sobre los cinco años, los pequeños comienzan a diferenciar la existencia de dos sexos, son más que nada sensaciones, pero están ahí. Así que en la adolescencia la identidad acostumbra a estar bastante clara” (Xaro Sánchez, doctora en Psiquiatría por la UAB)

La identidad sexual de «A» no estaba clara ¡era cristalina!. Solo que en su entorno familiar (como en el de tantas y tantas personas) no había cabida para la diversidad. El círculo de amistades «de toda la vida» aceptaban sus «diferencias» (qué daño social y cuánto dolor individual provocan los roles y estereotipos de género) y el entorno escolar solo se había percatado de su rebeldía, su disconformidad y su apatía.

Rebe, ¿podemos hablar?

Marcó un antes y un después en nuestras vidas. «A» compartió conmigo quién era, cómo se sentía y lo que creía necesitar para vivir en calma y feliz. Había llegado a reconocerse delante del espejo y sentía que era el momento de no seguir ocultándose o disimulando. Quería mostrarse al mundo tal cual era. Quería nombrarse y definir su lugar dentro de su familia, sus amistades, su taller y su barrio. Pero no sabía por dónde empezar.

Y yo tampoco. Por eso digo que aquella conversación marcó un antes y un después en nuestras vidas. Como educadora siempre he tenido claro que acompañar significa saber ESTAR (con mayúsculas). Que cada proceso es único, que implica una escucha y una manera de guiar propias que cada adolescente demanda. Que crear un vínculo afectivo ayuda. Y que no solo no miras hacia otro lado cuando te buscan, sino que das un paso al frente para colocarte al lado de cada adolescente que diseña su camino.

Descubriremos cómo hacerlo y lo haremos juntas

Incorporamos este viaje a nuestros contratos educativos. Tras una fase de investigación, «A» eligió el Servicio de Orientación que más afinidad le provocó. Y empezaron las coordinaciones con el recurso externo. Arrancó el proceso de acompañamiento consciente y respetuoso con los ritmos y maneras de su protagonista y se pudo empezar a involucrar a la familia.

Aquel verano arrancó de cuajo aquel gesto de amargura

Septiembre es el mes de los reencuentros. «A» se puso en contacto conmigo unos días antes de volver a clase. Necesitaba planificar su vuelta y así lo hicimos. He de apuntar que como Coordinadora de Programas Educativos, siempre he apostado por trabajar la diversidad y la educación afectivo-sexual durante todo el curso escolar. Y llegó el día de vuelta a clase después del verano. Hubo abrazos, risas, anécdotas… hasta que «A» decidió que había llegado su momento. Nos miramos y me dio la señal.

Amor de grupoEra necesario allanar el camino. Así que las educadoras recordamos el objetivo principal del taller: acompañarles, como adolescentes, en sus proyectos de vida. Y tratamos de reconectarles con la necesidad de escucharnos como señal de cuidado y respeto hacia el grupo, nuestra pequeña y elegida familia.

«A» tomó la palabra. Compartió su motivación personal por hacernos partícipes de los cambios que habían empezado a producirse en su vida. Ya contaba con el apoyo familiar y de las amistades más cercanas pero necesitaba no pisar el freno y seguir SIENDO en su taller, con sus colegas. Hubo gritos de alegría, risas, aplausos, abrazos, muchos abrazos y muchas lágrimas de reconocimiento y satisfacción.

Aquel día despedimos con cariño a quien se apuntó al taller por causalidad y dimos la bienvenida a quien decidió, con orgullo, que formásemos parte de su vida.